En la Sala del Movistar Arena, dentro de la programación de Inverfest, Argentina volvió a montar su pequeño quilombo. Fue una celebración pequeña, donde los locales veníamos fuertes cual hinchas sumados a la afición porteña a jugar para ganar.
Para quienes seguimos de cerca a El Mató a un Policía Motorizado y ya habíamos visto a Santiago Motorizado en noviembre durante su anterior gira, esta cita tenía algo distinto: no solo por formato sino por la manera que Santi tiene de jugar con otro de sus personajes más cercanos y sinceros.
Y funcionó.
Un recorrido emocional, canción a canción
El viaje comenzó con una versión algo inesperada de «Soy Rebelde» por Jeanette como preludio a las canciones de su último trabajo como «camino de Piedras» o “Google Maps”, marcando desde el inicio ese tono entre cotidiano y trascendental que define su escritura. Le siguió “Muchacha de los ojos negros”, esa samba argentina que en directo se siente casi ceremonial, demostrando que la nostalgia también puede balancearse y que ocupa un gran recuerdo en ese trabajo Canciones sobre una casa, cuatro amigos y un perro que sirvió para recopilar las canciones de la serie «Okupas» así como sus primeros temas en solitario.
Con “Mil Derrotas” el ambiente se volvió más introspectivo; cada verso parecía encontrar eco inmediato en la sala. “Pienso en Vos” confirmó algo evidente: el repertorio solista ya no necesita comparación constante con la banda, tiene identidad propia. Y cuando sonó “El Gomoso”, uno de los hits de su último trabajo, llegó ese momento de comunión total. Ha ganado el River o el Boca (según el argento que lea esto) y lo ha coreado, sentido, celebrado y gozado como es debido. La prueba de que el proyecto en solitario no es un paréntesis, sino una expansión natural de su universo creativo que ojalá lleve al cine.
Pero el verdadero regalo llegó en el bis: guitarra y voz, Santiago solo en el escenario. Sin banda. Sin red. Volviendo a El Mató como el sabe hacer. “La noche eterna”, “Yoni B” 0 “El Tesoro”, interpretadas desde una desnudez absoluta que hizo que la sala entera soltara la lagrimita y apostara por la emoción.
El cierre tuvo algo de performance inesperada. Un guiño a “You’re So Beautiful” de Joe Cocker, coreado con sonrisa cómplice, y la imagen final de alguien cubriéndolo con una capa verde, como si se tratara de un superhéroe indie recién proclamado.
Y quizá lo sea.
Porque si en noviembre vimos potencia colectiva, en Inverfest vimos vulnerabilidad convertida en fuerza. Y no hay nada más difícil —ni más valiente— que sostener una sala entera con una guitarra y la verdad de unas canciones tristes para días contentos. O al revés.
