Una cola de personas espera en la calle. El nombre de la calle, Barceló. La cola se dobla hasta la de Lara y sigue haciéndose más larga. Ya es de noche en Madrid, y hace frío; pero no mucho. Son finales de febrero y este es el segundo concierto de Él Mató A Un Policía Motorizado que habré visto en menos de una semana.

Un tema en particular está presente en todas las conversaciones que alcanzo a escuchar desde mi sitio de la cola. Todo el mundo habla del virus, con tono desenfadado. Charlo con mi amiga sobre cualquier otra cosa. Las puertas tardan en abrirse y el grupo también tarda en salir. En estos momentos, estoy cansada de esperar de pie porque justo el día anterior fui al concierto de Big Thief. Esperar en la oscuridad de una sala junto a desconocidos que están allí por el mismo motivo que tú siempre me ha parecido una convención social curiosa, pero eso ya ni lo piensas. Es lo normal.

Y en un segundo, no hay cansancio. Las luces estroboscópicas de Ochoymedio bailan sobre las cabezas de los asistentes, que gritan al escenario donde salen los integrantes de Él Mató. A continuación, música, ruido, luces, roces, contacto, pogo, coros, chillidos, aplausos. Unos junto a otros, sin distancia, sólo movimiento y emoción. Las voces de la gente más cercana en mis oídos, como la de Santi Motorizado. Y la mía, cantando con una mezcla de alegría, tristeza y frustración. Saco una foto con una cámara desechable de 35mm.

Unos días más tarde, subo las escaleras mecánicas del metro hacia la superficie. Todo el mundo habla sobre el virus, vayas donde vayas. Estoy llegando tarde a la presentación del último single de Veintiuno. Serán las ocho, pero ya ha oscurecido totalmente. Aparezco en las oficinas de Warner, a las que la recepcionista me deja acceder de milagro.

Y en una pequeña sala, ahí están los cuatro integrantes de Veintiuno, tocando ya un tema. Me abro paso hacia un hueco libre cerca de mi amiga, que está sentada. Me coloco en el suelo entre gente en sillas y de pie, unas quince personas reducidas en un pequeño espacio para escuchar el acústico de la banda. La ropa de invierno no acompaña al clima de la sala, y los abrigos están o bien colgados, o bien tirados. En un momento, saco la cámara del bolsillo y tomo una foto con flash.

Veintiuno invitan a subir a Ainoa Buitrago, artista con la que colaboran en el tema «Parasiempre», que estrenan unos minutos después en una pantalla que se baja en el escenario. Y en cuanto termina el videoclip, se oscurece todo un segundo, se encienden las luces, y nos vamos. Dejamos ese pequeño espacio, donde sin saberlo, será la última vez en mucho tiempo que escuche música en directo e incluso, disfrute de una proyección.

No pude revelar el carrete de fotos hasta que finalizó el confinamiento. Recuerdos de meses pasados en mis manos me llevaron a una época donde incluso dentro de la incertidumbre, sabíamos que en esos espacios oscuros, de un momento a otro, la luz iluminaría el escenario y las caras de los asistentes. Y sonaría la música.

 

Seguiremos escuchando canciones hasta poder volver a juntarnos como antes.

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